7 de noviembre de 2018

La migración humana es tan antigua como la historia humana. Individuos, familias, tribus y naciones se han ido trasladando desde ante de los tiempos de Abraham y Sara. A lo largo de los siglos, factores políticos y económicos, las guerras inclusive; retos concernientes a la salud y al medioambiente; el racismo, la xenofobia y la discriminación religiosa a veces han desarraigado a las personas de sus lugares de procedencia, y a otras las han seducido hacia nuevos lugares a través de desiertos, ríos, continentes, océanos y fronteras nacionales y étnicas.

Hoy en día, la migración es un asunto internacional crítico y, a veces, un asunto nacional apremiante; un asunto de último recurso y de ninguna otra opción para millones de seres humanos y, una alternativa desesperada para quienes prefieren quedarse donde están si existieran las condiciones que permitieran su seguridad y lo esencial para su supervivencia. En términos generales, las personas migrantes de hoy son quienes ­–forzadas o por su propia elección– abandonan sus lugares de origen debido a conflictos armados, desastres naturales, violencia institucional o causada por las pandillas, proyectos de desarrollo, trata de personas (incluida la trata laboral, sexual o de drogas), o privaciones económicas extremas. (Resolución de la Iglesia Metodista Unida: La migración global y la búsqueda de justicia).

Dichas palabras sabias describen lo que vemos pasar a través de la caravana humana, la cual empezó el 12 de octubre de 2018, con 160 almas valientes quienes se reunieron y juntas comenzaron a viajar, así como lo hicieron los antiguos migrantes. De Honduras a Guatemala, y ahora hacia México, estas personas migrantes se han sostenido mutuamente en su común sufrimiento. Esta caravana ha crecido a 7,000 personas, y de acuerdo con los últimos informes, de esta cantidad se ha formado 3 caravanas que viajan a través de México. Más de la mitad de esa multitud la componen niñas y mujeres. Estas personas no quisieron abandonar sus hogares, pero debido a la pobreza y la violencia se vieron forzadas a viajar como un escape de la muerte hacia lo que consideraron su última esperanza de vida. Algunos han buscado asilo en México, mientras que otras continúan su viaje hacia EE. UU., con el fin de solicitar asilo en este país.

A estos hermanos y hermanas migrantes se les ha criminalizado. No obstante, según hemos buscado ministrarles a través de su jornada peligrosa, lo que mayormente hemos visto en estos seres humanos es una gran valentía y fe profunda, quienes han puesto sus vidas en las manos de Dios mientras buscan suplir sus necesidades básicas para su sobrevivencia: alimento y refugio para sus hijos y, sobre todo, protección de quienes buscan hacerles daño. Su fe en Dios ha fortalecido nuestra fe, y su sufrimiento ha convencido a nuestra almas de nuestro deber de acompañarlos y abogar por su seguridad y sus derechos.

Nos unimos para exigir que los gobiernos de nuestros países traten a estos migrantes de maneras que reconozcan y respeten su humanidad dada por Dios, con compasión y dignidad.

Si bien respetamos las leyes de nuestros países, nos preguntamos si estas leyes –en particular las leyes de asilo de nuestros países– están siendo cabalmente aplicadas en los casos de los migrantes que viajan en estas caravanas. Pedimos la aplicación justa y equitativa de las leyes de asilo de nuestros países y, que todos nosotros seamos voces vigilantes de los derechos de los migrantes.

Además, hacemos un llamado al presidente Donald Trump a cesar de caracterizar a nuestros hermanos y hermanas migrantes de maneras despectivas e inductoras al miedo, y los deje de penalizar como criminales, cuando en realidad tienen el derecho bajo la ley internacional de buscar asilo. Como líder de la nación más poderosa y rica del mundo, lo exhortamos a liderar con verdad, justicia y compasión moral.

Sobre todo, hacemos un llamado a nuestras congregaciones para que sean agentes de la misericordia de Dios hacia el migrante. Nos inspiran la labor y la compasión provistas por las congregaciones metodistas y otras comunidades de fe a favor de estos migrantes a lo largo de su viaje: al llevar a algunas de las personas migrantes a sus hogares; al alimentarlas en sus congregaciones, y al bendecirlas en su camino. Tal como lo han declarado los obispos de la Iglesia Metodista de México, como cristianos estamos llamados: «a recibir a quien migra como si recibieran a Jesucristo; a tratarlos como si de nuestras familias se trataran; a ayudarles como si nosotros fuéramos quienes migran, y a amar a los migrantes, porque también somos un pueblo migrante en el camino de la fe» (adaptación de la “Carta sobre la inmigración del 20 de octubre de 2018, Colegio de Obispos de la Iglesia Metodista de México”).

Concilio de Obispos de la Iglesia Metodista Unida
Obispo Kenneth H. Carter, presidente

Colegio de Obispos de la Iglesia Metodista de México
Obispo José Antonio Garza Castro, presidente

Obispo Elías G. Galván
Misión Metodista Unida en Honduras

Rev. Juan de Dios Peña, presidente
Iglesia Metodista de El Salvador